Los caminos de Dios

Había llegado ese tan esperado momento: era tiempo de tomar la tierra que Dios había prometido a su pueblo. Era una tierra hermosa en donde fluía leche y miel, pero estaba habitada. Los pueblos que la ocupaban eran pueblos no pequeños y con ciudades fortificadas. Años atrás, Josué había estado ahí junto a otros once espías. Él sabía que esa tierra era suya porque Dios se la había dado, pero el resto de los espías tuvieron miedo, se sentían como langostas al lado de sus enemigos. El pueblo entró en pánico y prefirió quedarse en el desierto. Habían pasado muchos años desde aquel día y ya no quedaban rastros de ese temeroso Israel. El pueblo que estaba con Josué era una generación nueva de Israelitas. Ellos no sentían miedo, pues habían crecido viendo cómo el poder de Dios los cuidaba diariamente. Y Josué no confiaba en las capacidades guerreras del pueblo, sino en la grandeza de su Dios, a quien conocía de cerca porque nunca se apartaba de su Presencia.

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