La ley de Libertad

Cada país tiene su propia Constitución política. Esa Carta Fundamental o conjunto de normas, establece los derechos y deberes de cada ciudadano, para hacer de su país un lugar mejor. Todos deben respetar y cumplir la Constitución, incluyendo al gobierno de turno, para asegurar que los principios sobre el cual fue fundada una nación se sostengan en el tiempo.

De esta misma manera, Dios también estableció una Constitución, una Carta Fundamental con diez mandamientos, sobre los que se construiría una nación libre llamada Israel.

  Y habló Dios todas estas palabras, diciendo:
2 Yo soy Jehová tu Dios, que te saqué de la tierra de Egipto, de casa de servidumbre.
3 No tendrás dioses ajenos delante de mí.
4 No te harás imagen, ni ninguna semejanza de lo que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas debajo de la tierra.
5 No te inclinarás a ellas, ni las honrarás; porque yo soy Jehová tu Dios, fuerte, celoso, que visito la maldad de los padres sobre los hijos hasta la tercera y cuarta generación de los que me aborrecen,
6 y hago misericordia a millares, a los que me aman y guardan mis mandamientos.
Éxodo 20: 1 – 6 [La Biblia RV1960]

Un tiempo atrás escuché el análisis de un Judío Ortodoxo acerca del primer mandamiento, en donde me llevé la gran sorpresa de que, mientras los cristianos consideramos como primer mandamiento el versículo 3 del pasaje de Éxodo, los judíos reconocen como primer mandamiento el versículo 2, juntando los versículos 3 al 6 en el segundo. ¿La razón? Porque el judío entiende que sin esta primera declaración ninguno de los otros mandamientos tiene sentido.
Me explico, si bien el versículo 2 no contiene un mandato explícito, la razón de por qué el pueblo de Israel debía obedecer los mandamientos está contenida de forma implícita en aquella simple frase: “Yo soy Jehová tu Dios, que te saqué de la tierra de Egipto, de casa de servidumbre.” (Éxodo 20:2).

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La primera razón es sencilla y aplicable a todos aquellos que creemos en Dios: Estos mandamientos no han sido dados por hombres y, por lo tanto, no están sujetos a cambios sociales o culturales, sino que han sido dados por Dios, son mandamientos universales, eternos e inmutables, aplicables a toda cultura, en todo tiempo, y en todo lugar. Es por eso que la excusa de: “Los tiempos han cambiado” o “la sociedad cambió” no son válidos frente a los diez mandamientos, puesto que estos no están sujetos a la opinión de los hombres sino que se sujetan en el Dios inmutable. Por otro lado, esta declaración deja en claro que la ley de Dios está por sobre la ley de los hombres, y que cuando una ley humana o un gobierno se contrapone con sus mandamientos, nuestro deber es obedecer al Señor, pues sólo Él es Dios.
La segunda razón es fundamental para comprender la importancia de nuestra obediencia a Cristo: Dios había librado a Israel de la esclavitud, no fue Moisés, ni Aarón. Dios, al redimir al pueblo, se establece como Señor de ellos; por lo tanto, ellos le debían obediencia. Pero, al mismo tiempo, Dios no solamente los hizo libres, sino que también les enseñó a mantener aquella libertad otorgada por medio de estos mandamientos, tal como lo busca hacer la Constitución de una nación. Por lo mismo, no es extraño que cada vez que Israel caía en desobediencia y en idolatría, el pueblo era llevado cautivo, como esclavo.
La libertad es una pieza fundamental dentro de la gracia que Cristo nos ha dado. Pues Cristo se sacrificó en la cruz no sólo para darnos perdón, sino para librarnos de la esclavitud del pecado. Cristo, siendo Dios, nos compra y nos redime con su sangre, y hoy, aquellos que recibimos esta salvación le debemos obediencia.

Mas ahora que habéis sido libertados del pecado y hechos siervos de Dios, tenéis por vuestro fruto la santificación, y como fin, la vida eterna.
Porque la paga del pecado es muerte, mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro.

Romanos 6:22 – 23 [La Biblia RV1960]

Esta es una verdad que no es ajena a la mayoría de los Cristianos, de hecho, muchas de las canciones que se cantan en la iglesia hacen eco de esta libertad que hemos recibido. Pero, ¿vivimos como libres? O, al igual que la generación de Israelitas que salió de la tierra de Egipto, ¿seguimos teniendo corazón de esclavos?

Cristo nos hace libres por medio del poder de su Espíritu Santo que le resucitó de los muertos, y su Palabra nos enseña a permanecer en esta libertad. Sin embargo, muchos viven como si aún estuviesen bajo el yugo de esclavitud del pecado y de su carne.

Porque el ocuparse de la carne es muerte, pero el ocuparse del Espíritu es vida y paz.
Por cuanto los designios de la carne son enemistad contra Dios; porque no se sujetan a la ley de Dios, ni tampoco pueden;
y los que viven según la carne no pueden agradar a Dios.

Romanos 8:6 – 8 [La Biblia, RV1960]

Es imposible vivir en la carne y en el Espíritu al mismo tiempo, pues estos se oponen entre si. Mientras uno significa esclavitud y muerte, el otro significa libertad y vida. En otras palabras, cada vez que uno obedece a la carne, vuelve a someterse al yugo de esclavitud. Tal como ocurría con el pueblo de Israel, volvemos a ser cautivos.

Mas vosotros no vivís según la carne, sino según el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios mora en vosotros. Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de Él.
Pero si Cristo está en vosotros, el cuerpo en verdad está muerto a causa del pecado, mas el espíritu vive a causa de la justicia.
Y si el Espíritu de aquel que levantó de los muertos a Jesús mora en vosotros, el que levantó de los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que mora en vosotros.

Romanos 8:9 – 11 [La Biblia RV1960]

El apóstol Pablo, quien escribe esta carta a los romanos, da por hecho que la iglesia de Roma vive según el Espíritu. Y así debe ser, todo aquel que ha recibido la libertad de Cristo debe vivir en obediencia al Espíritu Santo, pues esta es la única manera de permanecer libres. Y es tan así, que para Pablo es más fácil creer que aquellos que andan según la carne, en realidad no tienen el Espíritu Santo, antes de pensar que a pesar de que han recibido a Cristo no pueden abandonar el pecado. Puesto que el Espíritu Santo, que habita en nosotros, es el que tuvo poder para resucitar a Jesucristo y por tanto tiene el poder de hacernos vivir en obediencia, para librarnos del pecado y santificar nuestras vidas.

El gran problema que hoy tenemos como sociedad es que el concepto de libertad ha sido tremendamente distorsionado. Hoy se ha reducido la libertad al derecho de elegir lo que quiero hacer. Hago lo que quiero, cuando quiero, como quiero. Soy quien quiero ser, sin importar las consecuencias. Y esa no es la verdadera libertad.
Según la RAE la Libertad es: “facultad natural que tiene el hombre de obrar de una manera o de otra, y de no obrar, por lo que es responsable de sus actos.”

Por lo tanto, una persona que es consciente de su responsabilidad frente a sus propias decisiones, no hace lo que quiere, sino lo correcto. Esa es la libertad que nos da Cristo, el poder de elegir hacer lo correcto. Pero cada vez que obedecemos a nuestras pasiones, sin importarnos las consecuencias, no estamos actuando como libres, sino como esclavos a esas pasiones desordenadas.

Personas responsables y racionales, capaces de discernir entre lo bueno y lo malo, responden a sus instintos y pasiones como si fueran animales, eso es esclavitud. Cristo vino a librarnos de esa esclavitud por el poder de su Espíritu Santo, y nos dio dos mandamientos fundamentales que protegen la libertad de nuestro corazón: amar a Dios sobre todas las cosas y amar a nuestro prójimo como Él nos amó, pues en ellos se cumple toda la ley.

 

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