Hijas de Sara

Hace un tiempo atrás terminé de leer una novela llamada “Paz Ardiendo”, escrita por la autora cristiana Jeanette Windle. En ella se relata la emocionante historia en la que, en medio de muchas interrogantes acerca de su pasado y presente, comienza una travesía que la lleva a reencontrarse con Dios. Es una novela cargada de acción e intriga pero, al mismo tiempo, posee una profunda enseñanza. Es por eso que la novela gira en torno a un pequeño versículo:

Como Sara obedecía a Abraham, llamándole señor; de la cual vosotras habéis venido a ser hijas, si hacéis el bien, sin temer ninguna amenaza.

1 Pedro 3:6 (La Biblia, RV1960)

Este versículo, bastante conocido, está situado en un pasaje que habitualmente se utiliza en retiros o reuniones de mujeres. 1 Pedro 3:1-7 es un pasaje esencial cuando queremos estudiar y conocer cómo es el carácter de la mujer que agrada a Dios y cuál es el lugar de honra que debe darle su esposo. Sin ir más lejos, es uno de los pasajes que utilizo en el devocional en el que describo la “Belleza Incorruptible” de la mujer. Sin embargo, la novela “Paz ardiendo” se detiene en un detalle de este pasaje en el que yo nunca antes me había detenido:

“Las hijas de Sara son aquellas que hacen el bien sin temer ninguna amenaza.” 

¡Impresionante! ¡Qué pequeño, pero gran detalle! Un detalle que muchas veces había pasado desapercibido ante mis ojos; pero hoy, al igual que la protagonista de la historia, quisiera descubrir su significado.

Asimismo vosotras, mujeres, estad sujetas a vuestros maridos; para que también los que no creen a la palabra, sean ganados sin palabra por la conducta de sus esposas,

considerando vuestra conducta casta y respetuosa.

Vuestro atavío no sea el externo de peinados ostentosos, de adornos de oro o de vestidos lujosos,

sino el interno, el del corazón, en el incorruptible ornato de un espíritu afable y apacible, que es de grande estima delante de Dios.

Porque así también se ataviaban en otro tiempo aquellas santas mujeres que esperaban en Dios, estando sujetas a sus maridos;

como Sara obedecía a Abraham, llamándole señor; de la cual vosotras habéis venido a ser hijas, si hacéis el bien, sin temer ninguna amenaza.

Vosotros, maridos, igualmente, vivid con ellas sabiamente, dando honor a la mujer como a vaso más frágil, y como a coherederas de la gracia de la vida, para que vuestras oraciones no tengan estorbo.

1 Pedro 3:1-7 (La Biblia RV1960)

La Biblia, en el libro de Génesis, reconoce a Sara como una mujer muy hermosa. Tan hermosa que, más de una vez, Abraham temió que le quitaran la vida a causa de la belleza de su esposa. La tradición Judía declara que Sara era tan hermosa que el resto de las mujeres parecían monos al lado de ella. No sé si reír a carcajadas con esta descripción o sentirme ofendida, sin embargo, no es menor recordar que Sara aparece en el escenario bíblico cuando tenía más de 80 años. Es decir, a su avanzada edad Sara era tan hermosa que yo parecería un mono al lado de ella (ya estoy riendo a carcajadas con esto), por lo tanto, es probable que su belleza no haya tenido que ver ni con su juventud, ni con alguna característica física, y todo que ver con la descripción de belleza que hace Pedro en este pasaje. La belleza de Sara tenía que ver con su carácter, el de un espíritu apacible y afable, una mujer obediente a Dios y a su esposo. Una mujer valiente, que hace lo correcto sin temer ninguna amenaza. Interesante, ¿No les parece?

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La obediencia y la valentía son características de una mujer bella. Ahora, el libro de Hebreos nos da otro elemento más que nos permite comprender quién es Sara.

La fe es, pues, la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve.

Porque por ella alcanzaron buen testimonio los antiguos.

Por la fe entendemos haber sido constituido el universo por la palabra de Dios, de modo que lo que se ve fue hecho de lo que no se veía. (…)

Pero sin fe es imposible agradar a Dios; porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que le hay, y que es galardonador de los que le buscan.

(…)

Por la fe también la misma Sara, siendo estéril, recibió fuerza para concebir; y dio a luz aun fuera del tiempo de la edad, porque creyó que era fiel quien lo había prometido.

Por lo cual también, de uno, y ése ya casi muerto, salieron como las estrellas del cielo en multitud, y como la arena innumerable que está a la orilla del mar.

Hebreos 11:1 – 12 [La Biblia, RV1960]

Sí, porque Sara no sólo era obediente y valiente, sino que hacía el bien sin temer ninguna amenaza, porque era una mujer de fe. Honestamente, hay que tener fe para salir de tu comodidad y emprender un viaje a un destino incierto, a una tierra prometida que no sabes cómo es ni dónde está, y creyendo que Dios te daría descendencia siendo una mujer estéril y de avanzada edad. Sin embargo, la fe es la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve, y se sostiene en el conocimiento de Quién es Dios. En otras palabras, mientras más conoces a Dios, más fe tienes. Mientras más entiendes que Dios es creador y Señor de todo, más fe tienes. Cuando conoces que Dios galardona a los suyos, y que escucha y responde todas nuestras oraciones, más fe tienes. Por lo tanto, mientras más íntima es tu relación con Dios, mayor es tu fe y eso te hace una persona valiente y obediente en todo al Señor.
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Entonces, ser una hija de Sara, significa tener una relación personal con Dios, conocerlo íntimamente, ser una mujer de fe, ser obediente al Señor y ser valiente, para hacer el bien sin temer ninguna amenaza. Y aún más.

Porque está escrito que Abraham tuvo dos hijos; uno de la esclava, el otro de la libre.

Pero el de la esclava nació según la carne; mas el de la libre, por la promesa.

Lo cual es una alegoría, pues estas mujeres son los dos pactos; el uno proviene del monte Sinaí, el cual da hijos para esclavitud; éste es Agar.

Porque Agar es el monte Sinaí en Arabia, y corresponde a la Jerusalén actual, pues ésta, junto con sus hijos, está en esclavitud.

Mas la Jerusalén de arriba, la cual es madre de todos nosotros, es libre.

Porque está escrito:   Regocíjate, oh estéril, tú que no das a luz;   Prorrumpe en júbilo y clama, tú que no tienes dolores de parto; Porque más son los hijos de la desolada, que de la que tiene marido.

Así que, hermanos, nosotros, como Isaac, somos hijos de la promesa.

Gálatas 4:21 – 28 (La Biblia, RV1960)

Ser hijas de Sara significa que somos libres. Que somos parte de la promesa de Cristo, de su salvación, su redención y libertad, que somos coherederas junto con Cristo y que pertenecemos al Reino de Dios. Dios cambió el nombre de Sarai que significa “mi princesa”, a Sara que significa “Princesa de muchos”, pues ella sería la primera de muchas mujeres que al ser redimidas por la sangre de Cristo, pertenecerían a la familia de Dios, y serían libres del pecado y del temor. Mujeres obedientes, que harían el bien sin temer ninguna amenaza.

No puedo terminar este mensaje sin hacerte esta pregunta: ¿Eres tú digna de ser llamada hija de Sara?

 

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