Del Señor somos

Ya han pasado dos semanas desde la última vez que escribí. La semana anterior vivimos una situación difícil como familia. Mi cuñada, esposa de mi hermano mayor, enfermó repentinamente. (Si quieres saber con detalle lo que ocurrió, puedes leerlo en su blog aquí). Fueron horas sin saber qué estaba pasando, imaginando lo peor, ayudando a cuidar y contener a mis tres pequeños sobrinos.

Estos son los momentos en que la Palabra de Dios cobra vida con fuerza. Fueron instantes para recordar que somos pobres de espíritu, que lo necesitamos a Él, y que bienaventurados somos de depender de nuestro amado Señor. Fueron momentos para aferrarnos a su inmensidad, porque no importa el tamaño del gigante que enfrentemos, Dios es inmenso y podemos escondernos en Él y esperar para ver Su Gloria, ¡y así fue! Como familia vimos la Gloria de Dios, pudimos ver su mano sobre nosotros, su milagro, su amor y su gracia; y  lo que comenzó como un episodio terrible de nuestras vidas, tuvo un final feliz, sintiéndonos agradecidos y dichosos de ser hijos de Dios.

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Un día, después de que ya había pasado todo, estaba reflexionando en el porqué de lo ocurrido. Estaba preguntándole al Señor, no como quien reclama al Señor: ¿Por qué a mí?, sino como quien le pregunta a un amigo: ¿Por qué lo hiciste de esta forma? Y la respuesta de Dios fue: “Para mostrar mi Gloria”. ¡Maravillosa respuesta! Cuando uno conoce al Señor, sabe que su mano está sobre uno, que vivimos bajo su cuidado y que el Señor nos protege de innumerables tragedias que el incrédulo vive, pero de las que el cristiano se libra porque Cristo es su Torre Fuerte. Hay momentos en la vida en que el Señor nos permite vivir situaciones difíciles para mostrar Su Gloria, y no solo a nosotros, también a los que nos rodean.

Porque ninguno de nosotros vive para sí, y ninguno muere para sí.

Pues si vivimos, para el Señor vivimos; y si morimos, para el Señor morimos. Así pues, sea que vivamos, o que muramos, del Señor somos.

Porque Cristo para esto murió y resucitó, y volvió a vivir, para ser Señor así de los muertos como de los que viven.

Romanos 14:7-9 (La Biblia, RV-1960)

Esta verdad es esencial en nuestras vidas para lograr comprender y aceptar las situaciones difíciles. Los cristianos no vivimos para servirnos a nosotros mismos, no vivimos para alcanzar nuestras metas, ni éxitos, ni fama, sino que vivimos para servir, agradar a Dios y para mostrar su Gloria. Ya sea que vivamos o muramos, del Señor somos. Nuestra vida pertenece a Él, Cristo la compró con su sangre y cada decisión que tomamos, cada cosa que hacemos debe ser para glorificarlo a Él, al punto que incluso nuestra muerte lo glorifique.

¿Te has detenido a pensar si tu vida glorifica a Dios? Cuando tomas una decisión, ¿Buscas lo que te hace sentir bien, lo que te hace feliz, o lo que glorifica a Dios? ¿Estás dispuesto a sacrificar tu felicidad, tu comodidad o tu bienestar, por la Gloria de Dios?

    De cierto, de cierto os digo, que si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, queda solo; pero si muere, lleva mucho fruto.

El que ama su vida, la perderá; y el que aborrece su vida en este mundo, para vida eterna la guardará.

Si alguno me sirve, sígame; y donde yo estuviere, allí también estará mi servidor. Si alguno me sirviere, mi Padre le honrará.

Juan 12:24-26 (La Biblia RV1960)

El Señor nos promete que tendremos frutos, y una vida abundante, en gracia, en paz y en gozo. Y ¡Qué más abundante que ver la manifestación de Dios mismo en nuestras propias vidas! pero hay que pagar un precio. Debemos morir a nosotros mismos y vivir para Cristo.

Meditando en todo esto el Señor trajo a mi memoria otro pasaje bíblico:

Tres de los treinta jefes descendieron y vinieron en tiempo de la siega a David en la cueva de Adulam; y el campamento de los filisteos estaba en el valle de Refaim.

David entonces estaba en el lugar fuerte, y había en Belén una guarnición de los filisteos.

Y David dijo con vehemencia: !!Quién me diera a beber del agua del pozo de Belén que está junto a la puerta!

Entonces los tres valientes irrumpieron por el campamento de los filisteos, y sacaron agua del pozo de Belén que estaba junto a la puerta; y tomaron, y la trajeron a David; mas él no la quiso beber, sino que la derramó para Jehová, diciendo:

Lejos sea de mí, oh Jehová, que yo haga esto. ¿He de beber yo la sangre de los varones que fueron con peligro de su vida? Y no quiso beberla. Los tres valientes hicieron esto.

2 Samuel 23: 13-17 (La Biblia, RV1960)

La fidelidad de los tres valientes de David es ejemplar. Ellos están dispuestos a arriesgar sus vidas para agradar el corazón de su rey. Como dice el dicho: “Sus deseos son órdenes para mí”. Esta es la fidelidad que nosotros debemos tener con nuestro Dios, que sus deseos sean órdenes para nosotros, que solo un susurro de la boca de Dios nos haga salir de nuestra comodidad para agradar su corazón.

En el caso del rey David, él sabía que no era digno de que sus hombres sacrificaran sus vidas por un vaso agua del pozo de Belén, y la derrama como ofrenda a Dios; pero, en el caso de Cristo, Él es digno de que nosotros vivamos para agradar su corazón y seamos un sacrificio vivo que glorifique día a día, bajo toda circunstancia, al Señor. Como diría mi cuñada Cotita, ¡Vivamos para su Gloria!

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