Bienaventurados somos

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Viendo la multitud, subió al monte; y sentándose, vinieron a él sus discípulos.

Y abriendo su boca les enseñaba, diciendo:

Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.

Bienaventurados los que lloran, porque ellos recibirán consolación.

Bienaventurados los mansos, porque ellos recibirán la tierra por heredad.

Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados.

Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.

Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios.

Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios.

Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos.

Bienaventurados sois cuando por mi causa os vituperen y os persigan, y digan toda clase de mal contra vosotros, mintiendo.

Gozaos y alegraos, porque vuestro galardón es grande en los cielos; porque así persiguieron a los profetas que fueron antes de vosotros.

Mateo 5:1-12 (La Biblia RV1960)

Este es el muy bien conocido “Sermón del Monte”. Una enseñanza impartida por Jesús para establecer la base de una vida cristiana. Este sermón puede ser considerado una introducción que nos permite entender la diferencia entre vivir en la ley y vivir en la gracia. ¿Te gustaría saber como debería ser una persona que vive en Cristo? Toma un tiempo para meditar en el “Sermón del Monte”.

La gran diferencia que existe entre aquel que vive en la gracia y aquel que vive en la ley es el lugar donde se origina su rectitud. Cuando nosotros vivíamos en la ley nuestra rectitud, si es que había algo de rectitud en nosotros, se originaba en nuestras obras; podíamos tener buenas acciones, pero eso no significaba que tuviéramos un corazón recto. Por ejemplo, podíamos tener actos de generosidad, pero hacerlo para buscar la gloria y la alabanza de las personas; por lo tanto, mis obras podían parecer generosas, pero mi motivación provenía de un corazón egoísta y pecaminoso. En cambio, cuando comenzamos a caminar en la gracia de Cristo, nuestra rectitud se origina en nuestro corazón, por medio de la transformación que hace el Espíritu Santo. Por lo tanto, no solo tenemos actos de generosidad, sino que tenemos un corazón generoso que es capaz de dar desinteresadamente, sin esperar nada a cambio. Es por esto que Cristo demanda de nosotros: “Porque os digo que si vuestra justicia no fuere mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos.” (Mt 5:20), ya que aquel que entra al Reino de Los Cielos no solo es recto en sus obras, si no que es recto de corazón.

Bajo este contexto encontramos las Bienaventuranzas. Por lo tanto, debemos entenderlas no como la descripción de distintos tipos de personas, sino como la descripción del proceso de conversión y de santificación de una persona que vive en la Gracia de Cristo.

Ser pobre de espíritu Éste es el primer paso, entender cuán dependientes somos de Cristo, y que sin Él nada podemos hacer.

Si leemos Lucas 18:18-27, el problema del joven rico que se encuentra con Jesús no era la suma de las riquezas que poseía, sino, la riqueza de su corazón. El joven rico reconoció a Cristo como Maestro Bueno, sin embargo, nunca reconoció su necesidad de salvación. Él decía cumplir todos los mandamientos, por lo tanto había rectitud en sus obras; sin embargo, Jesús deja en evidencia la pecaminosidad de su corazón cuando le pide que regale sus riquezas. Esto mostró su falta de amor por Dios y por el prójimo. Pero la riqueza de espíritu de este hombre, la soberbia de su corazón le impide arrepentirse y se va triste. Luego de esto Jesús declara:

Al ver Jesús que se había entristecido mucho, dijo: ¡Cuán difícilmente entrarán en el reino de Dios los que tienen riquezas!

Porque es más fácil pasar un camello por el ojo de una aguja, que entrar un rico en el reino de Dios.

Lucas 18:24-25 (La Biblia RV1960)

La respuesta de los discípulos es evidencia de que Jesús está hablando de riqueza espiritual: “Y los que oyeron esto dijeron: ¿Quién, pues, podrá ser salvo?” (Lc 18:26). En aquella época no habían muchos ricos monetariamente en Israel, pero espiritualmente el pueblo se sentía rico al punto de ser incapaz de reconocer al Mesías que estaba en medio de ellos.

Gracias a Dios, la respuesta de Jesús es alentadora:

Él les dijo: Lo que es imposible para los hombres, es posible para Dios.

Lucas 18:27 (La Biblia RV1960)

Porque finalmente el quebrantamiento es algo que Dios hace en nosotros, y lo hace para que entendamos día a día cuán pobres somos delante de Él.

Llorar. El significado de la palabra que se usa para definir a “Los que lloran” es: Llorar, clamar, lamentar, estar de luto. Describe el luto que comúnmente hacían los judíos cuando se arrepentían y volvían a buscar a Dios. Porque una vez que entendiste que eres pobre de espíritu, es momento de humillar tu corazón y buscar a Dios a causa de tu pobreza y tu necesidad. Y lo haces con fe creyendo que Dios responderá tu clamor y que recibirás la consolación.

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Ser manso. La mejor manera de entender la mansedumbre es por medio del ejemplo del caballo. El caballo manso es aquel capaz de obedecer y confiar en su jinete. Es un caballo con carácter, valiente y tranquilo. Puede estar en el cajón de salida, enfrentando la más difícil de sus carreras, o puede estar listo para la batalla ante la peor de sus guerras, pero no tiene miedo, no está nervioso, confía en la capacidad del jinete que está sobre él y somete su fuerza a su completa obediencia.

Por lo tanto, cuando reconocemos nuestra pobreza de espíritu y buscamos el rostro de Dios, el siguiente paso es la obediencia. Al igual que el caballo, la obediencia que sobrepasa la circunstancias es la de un hombre que confía en Dios. Uno que reconoce su Poder, su Majestad y su Sabiduría y que somete su corazón a Él. Puede estar enfrentando la peor de sus batallas, o la más difícil de sus carreras, pero confía en el jinete que está sobre él, guiando su vida. Y aquél que es manso de corazón recibirá la herencia, el cumplimiento de las promesas de Dios porque se ha transformado en una persona confiable delante de los ojos de Dios.

Tener hambre y sed de justicia. Esto no significa andar al estilo de Robin Hood, buscando justicia social, si no que se trata de tener hambre y sed de rectitud. Buscar intensamente la rectitud de tu propio corazón, aborrecer tu propio pecado y clamar al Señor para ser libre de Él. Dios responde con abundancia a aquél que busca intensamente ser santificado por el Señor.

Ser misericordioso. La misericordia es no darte el castigo que mereces. Cada uno de nosotros es merecedor del infierno; sin embargo, Cristo en su misericordia nos ha librado de él. Cuando entiendes que no hay mérito en ti para recibir el perdón de Dios, eres capaz de extender tu perdón a otros. Generalmente, la falta de misericordia deja de manifiesto la soberbia de nuestro corazón.

Ser limpios de corazón. Este es el resultado de este proceso de salvación y santificación que nos permite ser bienaventurados delante de Dios. En otras versiones se usa la palabra “dichoso”, ¡dichosos somos de poder tener una relación íntima con el Señor! sin nada que nos estorbe, ni nada que ensucie nuestra relación con Él.

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Ser pacificador. Que no es lo mismo que ser pacifista. Un pacifista es alguien que ama la paz, le molestan los conflictos, pero no tiene el poder de establecer paz. Un pacificador es alguien con la autoridad de traer reconciliación en donde hay discordia. Los pacificadores son aquellos que poseen la paz de Cristo, que han sido reconciliados con el Padre y que, por lo tanto, tienen la autoridad de llevar a muchos otros a la Reconciliación por medio de la predicación del evangelio y de la manifestación del Espíritu Santo. A ellos se les reconoce como hijos de Dios.

Ser perseguido y vituperado. Esta es la consecuencia que vive todo cristiano. Tal como lo dice la Palabra, no somos mayor que nuestro Señor, y si el mundo lo aborreció a Él, también nos aborrecerá a nosotros (Juan 15:19-20). Lo hermoso de esto es que al hijo de Dios todas las cosas le ayudan a bien, por lo tanto el Señor usa la persecución a nuestro favor, para empujarnos a crecer. Ser pobres de espíritu y ser perseguido son complementarios. La pobreza de espíritu desata la persecución sobre nuestras vidas, al mismo tiempo que la persecución nos mantiene conscientes de cuánto necesitamos a Dios, nos obliga a depender de Él y nos empuja a tener una relación cada día más íntima con nuestro Señor.

Este es el proceso que vive el cristiano. Las Bienaventuranzas no son la descripción de distintos tipos de personas, si no que un verdadero cristiano es pobre de espíritu, llora y clama a Dios, es manso, busca la justicia, es misericordioso, es limpio de corazón y es un pacificador. Es por eso que sufre persecución, se goza en ella y crece en su relación con su amado Señor.

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